Gravitamos, suspendidos como el polvo. Brillamos durante unos segundos, de tanto en tanto, tocados por un haz de luz. Todo lo demás o son mentiras, o es robado, imaginado, o prestado. Arriba, en la habitación cerrada, las cosas se representan como lo que realmente son. Días desnudos, a los que en ocasiones ponemos nombre, género, y ropajes. Días a los que nos gusta vestir ligeros, y sin peso. La enfermería está llena de esos días, días que vagan sin rumbo en sus trajes fuera de este tiempo. Días que buscan su sonido extraviado. Y a puerta cerrada, nos estremecemos cuando los días nos muestran su auténtica condición. Porque hemos pasado muchas noches viendo su final, y demasiadas mañanas observando su principio. Pero hemos evitado entender que los días nunca empiezan, nunca acaban, que estos nuestros días, no son nada, ni son nadie; tan solo un perchero donde colgar la camisa cuando volvemos a casa con el pecho lleno de podredumbre. Porque somos una catapulta de enfermedad y esperanza, y lanzaremos nuestra carga más allá de lo comprensible si fuera necesario, más allá de lo tolerable, mientras nos queden fuerzas; mientras sigamos vivos.
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